No elijas buscando acertar, elige dispuesto a construir
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No elijas buscando acertar, elige dispuesto a construir
Esta fue una de las frases que más resonó conmigo cuando me fui a España a hacer mi maestría.
La verdad es que me fui en un momento de muchísima inseguridad. Como les he contado antes, mi vida literalmente se había dado la vuelta. Fue algo así como cuando le pides al universo un cambio, le dices que quieres crecer y, de repente, simplemente cambio todo literalmente todo.
Y ahí estaba yo, en otro país, intentando construir una nueva vida mientras todavía trataba de entender todo lo que había cambiado en la anterior.
En medio de toda esa inseguridad, había una pregunta que aparecía constantemente y literal me acostaba, me levantaba y la seguía pensando
¿De verdad hice bien en venir?
Me encontré con una realidad muy diferente a la que había imaginado. Lloraba muchísimo, buscaba soluciones para todo e intentaba encontrar alguna respuesta que me confirmara que había tomado la decisión correcta.
Y, sin darme cuenta, estaba gastando una enorme cantidad de energía intentando resolver una pregunta que no tenía respuesta.
Y aquí quiero recalcar algo importante llegué a un lugar lleno de muchísimo amor.
Me recibió una familia con un corazón gigante, aunque decir “un corazón gigante” probablemente se queda corto. Me esperaron con los brazos abiertos y jamás me hicieron sentir sola.
Estuvieron ahí durante todo el proceso. Cuando tenía demasiado que hacer en el máster, me recordaban que sí podía, que no me rindiera, que tenía que seguir adelante. Conocían mi tristeza, entendían cuánto extrañaba mi casa, a mi familia y la vida que había dejado atrás. Y aun así, siempre estuvieron ahí, acompañándome.
Pero había algo que en ese momento me costaba ver:
aunque estaba rodeada de muchísimo amor, una parte de mí seguía viviendo en el pasado y eso no me permitía ver todo lo que tenía enfrente.
Recuerdo que, cuando me veían triste, tanto ellos como mis papás me repetían una palabra:
“Disfruta.”
Y créanme, yo también quería hacerlo.
Quería salir, conocer lugares, hacer amigos, viajar y disfrutar de todo lo que significaba estar viviendo una experiencia así. Pero también había escogido un máster muy demandante, en una universidad con una fuerte exigencia en investigación científica, y muchas veces mi realidad era bastante diferente a la que imaginamos cuando pensamos en “irse a estudiar a otro país”.
Recuerdo pasar horas encerrada frente a la computadora, trabajando en proyectos, estudiando y tratando de cumplir con todo lo que exigía el máster.
Llamaba a casa y, por supuesto, mis papás me escuchaban, me daban ánimos y me repetían:
“Tranquila, todo va a estar bien. Sal un rato. Disfruta.”
Y yo pensaba:
¿Cómo voy a salir si todavía tengo todo esto por hacer? ¿Cómo voy a disfrutar si siento que primero tengo que solucionar mi vida?
Incluso llegué a preguntarme algo que me dolía reconocer:
¿Será que en realidad yo no quiero disfrutar? ¿Será que soy yo la que se está cerrando a todo esto?
Porque también era consciente de que estaba haciendo un máster, de que necesitaba estudiar, dedicarle tiempo y sacarlo adelante. Y sí, eso ocupaba una parte enorme de mis días.
Pero sabía que no era solamente falta de tiempo.
Había una parte de mí que seguía mirando hacia atrás.
Y creo que eso fue de lo más extraño de esa etapa yo seguía siendo funcional.
Me levantaba, entrenaba, estudiaba, entregaba trabajos, cumplía con mis responsabilidades y hacía todo lo que tenía que hacer. Desde afuera, mi vida seguía avanzando.
Pero mi tristeza seguía ahí.
Y con el tiempo entendí que estar funcionando no siempre significa estar presente.
Puedes continuar haciendo todo lo que “tienes que hacer” mientras emocionalmente una parte de ti sigue intentando regresar a lo que era, a lo que tenía o a la vida que imaginaba que debería estar viviendo.
Y cuando estás mirando constantemente hacia atrás, puede ser muy difícil darte cuenta de todo el amor, las personas y las posibilidades que la vida ya puso delante de ti.
Con el tiempo había hecho algunos amigos y tenía lugares por conocer y experiencias por vivir, pero aun así todo se me hacía eterno.
Hasta que un día, después de tantos llantos, miedos y preguntas, decidieron accionar.
No porque mágicamente dejara de tener miedo.No porque de repente supiera que había tomado la decisión correcta.Y tampoco porque todo empezara a salir como yo quería.
Simplemente pensé:
Ya tomé esta decisión. Estoy aquí. Ahora tengo que hacer algo con lo que tengo.
Y ahí entendí el famoso. No elijas buscando acertar. Elige dispuesto a construir.
Porque yo estaba esperando sentir la seguridad de haber elegido correctamente para empezar a disfrutar de mi decisión.
Quería una garantía.
Quería saber que España había sido la decisión correcta, que la maestría iba a valer la pena, que todo el esfuerzo tendría un resultado y que, al final, podría mirar hacia atrás y decir: “Sí, hice bien.”
Pero la vida casi nunca te da esa garantía antes de empezar.
Hay decisiones que no se vuelven valiosas únicamente por el resultado que obtienes de ellas, sino por lo que decides construir después de tomarlas.
Tal vez elegir no se trata de encontrar un camino que te asegure que nada va a salir mal.
Tal vez se trata de elegir un camino y estar dispuesto a caminarlo equivocarte, ajustar, aprender, conocer personas, cambiar de opinión, llorar algunos días, disfrutar otros y hacer algo valioso con lo que vaya apareciendo.
Porque vivir tampoco consiste en hacerlo todo perfecto.
Se trata de disfrutar, equivocarte, crecer, amar, aprender y construir incluso cuando todavía no sabes exactamente cómo va a terminar la historia.
Quizá esa es una de las cosas más difíciles de aceptar cuando queremos tener todo bajo control.
No siempre puedes saber si elegiste bien antes de vivir lo que elegiste.
A veces, primero eliges.
Y después haces que esa decisión valga la pena.
Entonces recuerdo que, en medio de todo ese caos que había en mi cabeza y sabiendo que tenía que estar muy concentrada en la maestría, tomé la decisión de que
Aunque tenga pocos espacios, voy a intentar disfrutarlos.
Y empecé a organizarme mejor.
Dentro de lo que podía, seguí trabajando en sinapsiaviva. Empecé mi canal de YouTube, aprendí a editar mejor mis videos y comencé a buscar nuevas ideas. No podía subir todo lo que quería ni dedicarle el tiempo que me hubiera gustado, pero cuando tenía un espacio, lo hacía.
Y con mi vida personal empecé a hacer algo parecido.
Recuerdo que muchas veces quería salir, pero pensaba
“Nadie me invitó.”“Nadie quiere salir.”“¿Y ahora qué hago?”
Hasta que entendí que yo también podía tener la iniciativa.
Así que empecé a acercarme más a las personas y a preguntarles directamente:
“¿Quieren hacer algo esta noche?”“¿Qué les parece si salimos de tapas?”“¿Vamos a un mirador?”“¿Quieren salir de fiesta?”
Dejé de esperar siempre a que alguien me invitara a vivir algo y empecé a proponerlo yo.
Y cuando no había nadie disponible, empecé a hacer algo que antes probablemente me habría dado muchísimo miedo hacer las cosas sola.
Puede sonar un poco loco, pero aprendí a salir sola, a irme de fiesta sola e incluso a viajar sola.
Recuerdo especialmente un viaje a Portugal.
Quería ir con unas amigas, pero llegó el momento de comprar los pasajes y ellas no los compraron. Yo tenía dos opciones no ir porque el plan no había salido como esperaba o comprar mi pasaje de todas formas.
Y lo compré.
Me fui sola a Portugal.
Y ese viaje terminó regalándome algo que jamás habría podido planificar.
Conocí a una chica que, al igual que yo, también estaba estudiando en Granada. En apenas tres días de viaje conectamos muchísimo y, cuando volvimos, seguimos en contacto. Empezamos a salir, a hacer planes y terminamos volviéndonos súper unidas.
Y pensar que todo eso nació de una decisión que inicialmente no había salido como yo esperaba.
Creo que ahí empecé a entender de verdad lo que significa construir después de elegir.
No podía controlar si mis amigas compraban los pasajes.No podía controlar quién me invitaba a salir.No podía hacer que el máster dejara de ser demandante.No podía cambiar de un día para otro todo lo que extrañaba.
Pero sí podía decidir qué hacer con lo que tenía delante.
Y empecé a caminar con esa decisión.
También empecé a disfrutar mucho más de las pequeñas cosas. Recuerdo ir a obras de improvisación y reírme muchísimo. Seguía compartiendo con esa familia que me había recibido con tanto amor, pero cuando yo también decidí tener la iniciativa de estar presente, algo cambió: empecé a disfrutar más de todo ese amor que ya estaba ahí.
Me reía más.Proponía planes.Conocía personas.Probaba cosas nuevas.Estaba más presente.
Y no quiero contar esta historia como si desde ese momento todo hubiera sido perfecto.
No lo fue.
Seguía teniendo momentos en los que me sentía profundamente triste. Había días de bajón, días en los que extrañaba muchísimo y momentos en los que simplemente lloraba.
Pero recuerdo llorar y después decirme:
“Bueno, hay que seguir.”
No porque lo que sentía dejara de importar, sino porque entendí que podía sentir tristeza y, al mismo tiempo, seguir construyendo algo dentro de mi presente.
En esa época también seguía atendiendo a mis pacientes en línea. Muchas veces les dejaba actividades que los ayudaban a acercarse poco a poco a aquello que les daba miedo, a observar lo que estaban evitando o a tener mayor introspección sobre lo que estaban viviendo.
Y, curiosamente, yo también empecé a aplicar muchas de esas preguntas y actividades en mi propia vida.
Porque hay algo muy humano en la terapia, aunque ocupemos lugares diferentes, hay experiencias que nos recuerdan que todos estamos aprendiendo a relacionarnos con el miedo, la incertidumbre, las decisiones y los cambios.
Y muchas de esas ideas son las que hoy estoy llevando a la guía de salud mental que estoy preparando para SinapsiaViva. Una guía llena de ejercicios que no buscan darte una respuesta perfecta sobre qué hacer con tu vida, sino ayudarte a tomar acción y construir mientras avanzas.
Muy pronto podré contarles más sobre ella.
Pero mientras la termino, quería compartir esta historia porque detrás de ella hay algo que me habría gustado entender mucho antes.
Una decisión no tiene que darte exactamente el resultado que soñabas para haber valido la pena.
A veces pensamos que una decisión fue correcta solamente si todo salió como esperábamos.
Pero no.
Portugal no salió como lo había planeado y terminó regalándome una amistad.
Mi tiempo para SinapsiaViva no era el que quería, pero con lo poco que tenía seguí construyendo.
Mi experiencia en España no se sintió como había imaginado al principio, pero cuando dejé de esperar a sentirme completamente bien para empezar a vivirla, pude descubrir todo lo que también tenía para ofrecerme.
Por eso hoy esta frase significa mucho más para mí:
No elijas buscando acertar. Elige dispuesto a construir.
Porque después de elegir todavía te queda muchísimo poder.
Puedes cambiar de dirección.Puedes aprender.Puedes pedir ayuda.Puedes volver a intentarlo.Puedes descubrir una versión de ti que tampoco conocías.
Y, sobre todo, puedes hacer que algo valga la pena incluso cuando no termina exactamente como soñabas.
Quizás nunca podamos garantizar el resultado de una decisión.
Pero sí podemos decidir qué vamos a construir con ella.





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