Sentir es salud.
- 13 feb
- 5 Min. de lectura

Hay tantas cosas de las que me gustaría hablarte hoy.Tantas cosas que quiero decir y no puedo.Tantas que me frustran, que me paralizan, que me hacen dudar si seguir avanzando o quedarme quieta.
Hay días en los que; lo que tengo que hacer demaisado y ocupa tanto espacio que termina robándome el tiempo para hacer aquello que realmente me llena el corazón. Cumplo, respondo, sigo… pero me voy postergando. Y en medio de todo eso, hay gritos que no salen, preguntas sin respuesta, una sensación constante de incertidumbre y decepción por las expectativas que me impongo a mí misma y que, muchas veces, no logro cumplir.
Entonces aparece la pregunta equivocada:
“¿En qué fallé?”
Cuando quizá la pregunta más justa sería:
“¿Qué puedo aprender de esto?”
Aunque no lo parezca, estas frases estas luchas internas nacen en mi cabeza casi todos los días.
Vivimos en un mundo donde todos cargamos con incertidumbre. Todos tenemos miedos. Todos libramos batallas distintas, aunque desde afuera no siempre se noten; y NO, ser psicóloga, trabajar en salud mental o acompañar procesos terapéuticos no me hace INMUNE a eso. No me excluye de sentir ese miedo, duda o cansancio. Muchas veces me reconozco en lo que dicen mis pacientes, porque, en el fondo, atravesamos procesos muy similares.
En terapia solemos cuestionar, explorar, invitar al otro a mirarse con más compasión. Y es curioso cómo, sin darme cuenta, esas mismas preguntas también regresan hacia mí. Me descubro cuestionándome, observándome, enfrentándome a mis propias resistencias.
Me he preguntado muchas veces por qué ciertas situaciones se repiten.
y me digo si es porque
no quiero aceptarlas
porque no quiero soltarlas
3. porque aún no estoy lista para afrontarlas.
Y ahí aparece la frustración un tema del que hemos hablado mucho en Sinapsia Viva, la frustración no como enemiga, sino como mensajera a cuestionarme a mejorar. Como algo que viene a incomodarme, sí, pero también a enseñarme.
Lo mismo ocurre con las expectativas. A veces llegan para recordarme que todo lo que siento es válido. Que lo que no se cumple no es un fracaso. Que no llegar también es una forma de llegar, porque me enseña algo. Que aprender, soltar y aceptar puede ser tan valioso como cumplir exactamente lo que imaginamos.
Y quizá, solo quizá, no se trata de hacerlo todo perfecto…sino de permitirnos ser humanos en el proceso.
Esta conversación sobre la frustración y las expectativas no ocurre solo dentro de mí; aparece de forma constante en los espacios que comparto con mis compañeras de clase, con mis amigas, en conversaciones cotidianas que, sin darnos cuenta, se convierten en espacios de reflexión emocional. Volvemos una y otra vez a los mismos temas, especialmente a la frustración que surge cuando no logramos cumplir con lo que esperábamos de nosotras mismas.
Hablamos de cómo algo puede disfrutarse intensamente cuando se siente “perfecto”, y de cómo basta un detalle mínimo para que esa experiencia pierda brillo. No porque deje de tener valor, sino porque nuestras expectativas ocupan más espacio que la vivencia misma.
Una de ellas lo explicó así "es como estar en el mar, no exactamente en la orilla, sino un poco más adentro, esperando que llegue una ola que te moje por completo… y al final solo te un poquitin
." Algo que, en el fondo, sabías que podía pasar, pero frente a lo cual aún sostenías la esperanza de que fuera distinto.
Esa imagen me llevó a preguntarme por qué, como personas, nos cuesta tanto mirar la realidad tal como es. Por qué a veces preferimos maquillarla, suavizarla o incluso reprimir lo que sentimos, como si así pudiéramos evitar el impacto emocional, cuando en realidad ese impacto tarde o temprano llega igual.
Tal vez no se trata de evitar sentir. Tal vez se trata de aprender a sentir, incluso cuando la experiencia no alcanza todo lo que esperábamos, pero aun así tiene algo importante que mostrarnos.
Hay días en los que siento la frustración instalada en el pecho, no como algo que llega de golpe, sino como una presencia constante. La observo, la reconozco y, al mismo tiempo, miro a otras personas alcanzar sus sueños. Muchas de ellas hablan de cómo la incomodidad y la frustración fueron justamente lo que las empujó a llegar más lejos. Y entonces aparece la pregunta inevitable ¿cómo fue para ellas?; ¿cómo se sintió realmente ese proceso por dentro?
Porque no todos los procesos se viven igual, no todos se sienten igual.Y entender eso me ha ayudado a darme cuenta de algo importante: aunque a veces no logre comprender del todo la frustración en mí, no soy la única que la atraviesa. Hay muchas personas viviendo experiencias similares, incluso cuando no las vemos. Eso me ha permitido entender la salud mental desde un lugar más honesto, más real y profundamente humano.
Solemos creer que la salud mental significa estar bien todo el tiempo, sonreír siempre, sentirnos estables. Pero la salud mental también es aprender a reconocer que existen emociones incómodas, emociones difíciles, y que aun así son válidas. Es aprender a regularlas, a aceptarlas y a afrontar las situaciones con las herramientas que tenemos en ese momento, no con las que creemos que deberíamos tener.
La salud mental también implica mirar esas realidades que a veces preferimos esconder. Y, muchas veces, es justamente la frustración la que nos empuja a hacerlo.
El bienestar emocional no consiste en evitar sentir, sino en aprender a sentir sin que una sola emoción ocupe todo nuestro espacio interno. Es comprender que cada emoción tiene un lugar, un mensaje y un sentido.
Eso es lo que me ha enseñado la frustración que cada emoción viene a mostrarnos algo distinto.
En una de mis clases sobre emoción hablábamos del appraisal, es decir, de la evaluación cognitiva que hacemos de una situación cómo la interpretamos, qué significado le damos y qué emoción se activa a partir de ello. Algo que me marcó profundamente fue entender que esa evaluación nunca se repite de la misma forma. Aunque una experiencia sea muy similar a otra, la manera en que la vivimos no vuelve a ser exactamente igual.
Y esa perspectiva me llevó a comprender algo más allá no es solo que cada experiencia sea única eso ya lo sabemos, sino que ninguna experiencia se repite realmente. Cada una aparece en un momento distinto, con recursos distintos, con una versión distinta de nosotr@s mism@s. Incluso la frustración, cuando regresa, lo hace para enseñarnos algo nuevo.
Por eso, cada experiencia es valiosa.
Nuestra salud mental y nuestro bienestar emocional no son estados fijos; son procesos en movimiento, aprendizajes constantes. Y quizá ahí esté el verdadero aprendizaje no en evitar la frustración, sino en detenernos a escuchar lo que viene a decirnos.
Con esto no quiero decir que debamos vivir frustrándonos por todo. La frustración no es un estado al que haya que aferrarse ni una emoción que deba dominar nuestra experiencia. Pero sí creo que vale la pena mirar su otra cara es normal frustrarse. La frustración aparece porque algo nos importa, porque hay algo que deseamos alcanzar, porque estamos comprometidas con aquello que valoramos.
Como he mencionado, cada emoción cumple una función. La frustración también.
Nos invita a detenernos, a observar con más atención, a revisar el camino. Nos permite identificar errores, reconocer límites y ampliar la mirada más allá de una sola forma de hacer las cosas.
Sostener la frustración desde distintas perspectivas no significa dejarnos definir por ella. Sentir frustración no nos define; nos informa. Nos recuerda que estamos en proceso, que estamos aprendiendo, que estamos construyendo.
Tal vez no se trata de evitar frustrarnos, sino de aprender a mirarla con más compasión, entendiendo que incluso en la incomodidad hay espacio para crecer y para comprendernos mejor.







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